Una leyenda china atribuye su descubrimiento al Emperador Chen-Nung, y lo hizo de forma accidental cuando estaba hirviendo agua a la sombra de un árbol cuyas hojas se mecían dulcemente con la brisa. Algunas de ellas cayeron en su olla. El emperador bebió la infusión resultante y se sintió inundado de una enorme sensación de bienestar.
Los indios atribuyen el descubrimiento al Principe Bodhi-Dharma, quien dejó la India para ir al Norte a predicar el budismo a lo largo del camino. Prometió no dormir durante su meditación de siete años, pero al final del quinto estaba cediendo a la laxitud y la sonnolencia, cuando la casualidad le hizo coger unas hojas de un árbol desconocido; al masticarlas, sus extraordinarias propiedades, le permitieron cumplir su promesa.
La leyenda japonesa, aunque algo parecida es diferente a la india: al final de tres años de meditación, el mismo príncipe, Bodhi-Dharma, cayó dormido y soñó con todas las mujeres a las que había amado. Al despertar se enfureció tanto con su propia debilidad que se arrancó los párpados y los enterró. Cuando un tiempo después volvió al lugar, encontró que sus párpados habían enraizado, dando lugar a un arbusto desconocido. Al mascar unas hojas descubrió que tenían la propiedad de mantener sus ojos abiertos.